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“Las grandes almas tienen voluntades, las débiles tan solo deseos”. Proverbio chino.

Durante el presente año se conmemoran dos aniversarios de peso en la Historia de Mallorca, uno muy cercano, el Centenario del fallecimiento del Archiduque Luis Salvador de Habsburgo-LorenaS´Arxiduc— para los mallorquines; el otro, el séptimo Centenario de la muerte de Ramón Llull, teólogo, filósofo, escritor, lingüista y gran misionero medieval, natural de Palma. Por curioso que parezca, las vidas de ambos personajes estuvieron en cierto modo relacionadas por el lugar común en el que vivieron una parte de sus vidas, a pesar de que entre ambas mediaron 600 años y de que podría decirse que fueron casi antagónicas.

En su juventud Ramón Llull llevó la vida desenfadada de un joven de familia acomodada y vida disoluta, hasta que a los 30 años de edad y, al igual que le sucediera a San Pablo al caerse de su caballo, recibió la Iluminación y decidió que en adelante, su futuro iría unido al del estudio de la Verdad y a su difusión.

Inseparable compañero de juventud del que luego llegó a ser el Rey Jaime-II de Mallorca, tuvo una compleja evolución espiritual que le llevó a fundar en 1.276 el Monasterio de Miramar, en plena Sierra de Tramontana, con los fondos que le donó su antiguo amigo y ya monarca mallorquín. Lo ubicó en un lugar privilegiado entre Valldemossa y Deiá, para establecer una Escuela de Lenguas Orientales —que fue refrendada por una bula papal—, donde grupos de trece franciscanos estudiarían el árabe y el Arte Demostrativa, complejo sistema filosófico-matemático desarrollado por el propio Llull mediante doce figuras geométricas, que ayudaban a encontrar la Verdad por la vía de la Razón.

Con el devenir del tiempo, la finca donde se encontraban las ruinas del Monasterio de Miramar, así como las colindantes, fueron adquiridas por el Archiduque Luis Salvador de Habsburgo-Lorena, noble de la casa de Austria y gran enamorado de Mallorca. Al igual que el Beato Llull, el Archiduque era hombre estudioso y erudito, aunque de moral discutible. Entre otros volúmenes, escribió Die Balearen in Wort und Bild geschildertLas Baleares descritas con palabras e ilustraciones—, sesudo tratado sobre las islas, que versaba sobre su génesis, sus particularidades geográficas y antropológicas, su flora, su fauna y muchos otros aspectos concernientes al archipiélago.

Antes de la conquista aragonesa, el Monasterio de Miramar fue una alquería musulmana de nombre Alcorayola y su visita es interesante, a pesar de que del edificio original no se conserve más que una pequeña ermita del siglo XIII muy transformada, que formaba parte de una de las capillas laterales del monasterio. Sobre altar de la ermita se expone un tríptico que en su panel central representa a la Santísima Trinidad; en su panel derecho se halla personificada Catalina Tomàs, la conocida Santa Mística Valldemossina y, en el izquierdo, el propio Ramón Llull.

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En el jardín también veremos un conjunto de diecisiete arcos apuntados trifoliados, decorados con motivos vegetales, que se apoyan sobre diecinueve columnas de piedra de sección cuadrilobulada, que pertenecieron al claustro del antiguo Convento de Santa Margalida de Palma, del siglo XIII, amortizado y demolido en el siglo XIX y recuperado parcialmente por el Archiduque, que llevó sus restos a Miramar.

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En los demás edificios del conjunto podemos contemplar una almazara, la antigua cocina, una sala de cartas náuticas que fueron empleadas por el Archiduque en su yate Nixe, otra pequeña sala con piezas originales del Nixe-II, una más dedicada a Ramón Llull, con los dibujos de figuras geométricas mediante las que enseñaba su Ars y una reproducción de lo que sería la escueta decoración de una celda monacal, con una sencilla manta de paja entretejida sobre el catre y un curioso armario de madera en forma de ataúd.

También se podrá visitar el monumento funerario —cenotafio— de Vivomy, el que fuera el primer secretario personal del Archiduque, con una escultura romántica en mármol de reminiscencias masónicas datada en 1.879 y cuyo autor fue el escultor italiano Antonio Tantardini. Llama la atención su situación en un interior, pues por su escala natural, pareciera hecha para ocupar ámbitos de mayor amplitud. A la muerte de Vivomy, el Archiduque contrató al mallorquín Antonio Vives como secretario y, son sus herederos, los que hoy día ostentan la titularidad de esta magnífica possessió.

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Los monasterios medievales se construían en lugares aislados y de gran belleza natural, que facilitaran la meditación, la vida contemplativa y la elevación del espíritu. Miramar no es una excepción y se enclava en un paraje de extraordinario atractivo. No es difícil pues, imaginar al propio Ramón Llull o, al Archiduque Luis Salvador, inspirándose en sus jardines con espectaculares vistas de la mar y de la sierra, sintiendo en sus seres el aroma de los pinos, las brisas marinas y el sol, antes de dedicar un tiempo a la escritura de alguno de sus elevados tratados.

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Ramón Llull fue un hombre extraordinariamente longevo y activo para su época, comenzó sus viajes misionales por el Mediterráneo nada menos que con 60 años, recorriendo en su labor evangelizadora  desde las Costas de Berbería, hasta las de Turquía, sin que lograra obtener los frutos que esperaba. Murió en Junio de 1.315 con 84 años, cuando regresaba a Mallorca en barco desde Túnez, frustrado por no haber logrado con su Ars Magna que los infieles llegaran a la Verdad.

El Archiduque Luis Salvador falleció en Febrero de 1.915 en el Castillo de Brandis, Austria, también tras haber llevado una existencia más que intensa, en un sentido que nada tiene que ver con la del fundador del Monasterio de Miramar. Nombró heredero universal de todos sus bienes a Antonio Vives, su secretario, colaborador y hombre de confianza, al que conoció en Mallorca en 1.872 y entre los que se forjó una especial relación que duró hasta el fin de sus días.

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Créditos: Fotografías del autor con licencia Creative Commons 4.0 Attribution-Share Alike, salvo aquellas en cuya marca de agua se indique otro autor. Para ver las fotos en mayor tamaño, pulsad sobre ellas.

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“Amar es un mar alborotado de olas y vientos sin puertos, ni riberas.” Ramón Llull.

En el Otoño de 1229 las tropas del Rey Jaime I de Aragón, apodado El Conquistador, avanzaban rápidamente por el interior de Mallorca tras haber desembarcado en Sant Elm y Santa Ponça. A vanguardia, su Caballería Ligera exploraba el terreno buscando el contacto con las fuerzas musulmanas mediante rápidas y violentas escaramuzas, cuyo propósito era descubrir la organización defensiva de los mahometanos y de paso, prevenir emboscadas contra las columnas cristianas.

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En Diciembre de 1229, los invasores llegaron a unos tres kilómetros de Madinah Mayurca —nombre árabe de la actual Palma— y el Rey decidió establecer su Real —campamento— en una llanura situada al Norte de la ciudad, hoy localizada entre las carreteras de Establiments y Valldemossa. Desde allí sus mesnaderos, ayudados por moros disidentes del Wali gobernante, tendrían tiempo de aprestar sus máquinas de asedio para sitiar la villa agarena, a la vez que su tren logístico dispondría de espacio y agua para establecer sus cocinas, así como los lugares de aprovisionamiento de armamento y bagajes para hombres y bestias.

El Real de Jaime I

En aquellos lejanos tiempos parecía que Alá se hubiera olvidado de sus fieles pues, tras un breve asedio, el 31 de Diciembre de 1229 Jaime I entró victorioso en Madinah Mayurca por la puerta de Bab al Kofol, que más tarde se llamó Puerta de Santa Margarita o Puerta Pintada. Lo imagino atravesándola rodeado de sus Condes y Caballeros, a lomos de corceles enjaezados con los temibles —y llamativos— atributos de la Caballería Pesada Medieval, luciendo orgullosos pendones, gualdrapas y escudos con los colores rojigualda de la senyera aragonesa. Se puede afirmar que aquel día de fin de año de 1229, la Historia de la Isla de Mallorca cambió para siempre al cerrarse su etapa bajo la dominación de la Media Luna.

JAIME I MALLORCA

Diez años después de la Conquista Cristiana y por expreso deseo del monarca aragonés, el Abad de Poblet fundó un monasterio cisterciense en las inmediaciones del lugar donde estuvo su Real y, en 1266 ordenó la construcción de otro de mayor entidad, que es el que hoy conocemos como Santa María de la Real, donde el topónimo hace referencia al lugar en el que acamparon las tropas de Jaime I.

HUERTA REAL

Este monumento de Mallorca es menos conocido que otros y, desde luego, su visita merece la pena. Del inmueble original se conserva la iglesia de estilo cisterciense del siglo XIII, reformada en el XVII. El claustro del Monasterio, de tres alturas, data del siglo XV, con adendas posteriores del XVIII; junto al brocal de su pozo, adorna el claustro una estatua de Ramón Llull del año 1952, obra del escultor mallorquín Andreu Orell, en en la que el ilustre poeta, filósofo, teólogo, místico y misionero mallorquín, sostiene en sus manos el Llibre d´Ave Maria.

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Entre 1265 y 1269 Ramón Llull pasó temporadas en el Monasterio y, siguiendo el consejo de los frailes de la Real, leyó a San Anselmo y a San Agustín, lo que le despertó su espíritu contemplativo, su capacidad para la polémica doctrinal y el impulso de ejercer el apostolado incluso llegando al martirio. Autor prolífico, escribió casi 300 libros de los que apenas se conservan 30 ejemplares originales. En sus obras empleó el latín, el árabe y el mallorquín. En el año 1274 vieron la luz varios de sus tratados más notables: Art abreujada d’atrobar veritat, Llibre d’Ave Maria y Llibre del Gentil i dels tres savis. Ramon Llull estableció en su testamento la cesión de su biblioteca particular al Monasterio, como agradecimiento por su acogimiento y guía espiritual.

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El Monasterio llegó a tener considerable relevancia en la vida de la Isla, tanta como para que su Abad ocupara el segundo asiento del Capítulo, tras el del Obispo de Mallorca. Hoy su importancia no es menor, pues allí tiene su sede la Biblioteca Balear, fundada en 1897, tras el establecimiento en el Monasterio de los Misioneros de los Sagrados Corazones —los mismos que rigen el Monasterio de Lluc—, después de que los monjes cistercienses lo abandonaran en 1835.

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El Monasterio forma un armónico conjunto de arquitectura tradicional, con paredes de buena labra de mampostería de marés y zonas ajardinadas en su acceso exterior. En su parte trasera cuenta con una huerta —elemento habitual en los Monasterios Medievales— y que hoy día regenta la La Real Bio Granja Botiga Ecológica, que alquila parcelas de terreno a todo aquel que desee disponer de un trozo de tierra donde poder cultivar sus propios vegetales, asesorado por los dueños de la Bio Granja. También en sus dependencias se encuentra una tienda de productos ecológicos, libros sobre agricultura natural y una tranquila sala de reuniones y eventos que alquilan a quien lo solicite.

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Ni que decir tiene que pasear por el claustro o la huerta del Monasterio es alejarse del mundanal ruido, pues sus espacios invitan a la introspección y a la meditación, ya que aparte del rumor del agua de la fuente, allí tan solo se escucha el cantar de los pájaros y el susurro del viento entre los árboles, gracias a que las carreteras más próximas apenas soportan tráfico. Se trata de un espacio que infunde una singular tranquilidad.

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Una visita al Monasterio es conocer una parte importante de la Historia de Mallorca y un placer para los sentidos, siempre que seamos capaces de imaginar cómo era la vida de los que allí practicaban el ascetismo según la Regula Sancti Benedicti en busca de su perfección espiritual. Monjes que dejaron su impronta en la Historia de la isla y que, en cierto modo, conformaron una parte de lo que hoy somos.

Y ahora, queridos lectores ¿no os apetecería conocer este importante y discreto Monasterio mallorquín?

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Créditos: Fotografías y artículo del autor con Licencia Creative Commons Atribución-No Comercial-CompartirIgual 4.0 Internacional, libre copia y circulación citando autoría, sin modificación de textos o imágenes, para usos no comerciales.

“Ningún lugar puede amarse si no se tienen recuerdos adquiridos en él” Marina Tavares, escritora portuguesa.

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Cada persona y cada sitio tienen al menos una historia interesante que narrar y, cuando conozco alguna que me sorprende, considero casi una obligación compartirla para que otros también se beneficien de aquello que aprendí. El conocimiento nos enriquece y es la herramienta capaz de transformar nuestro mundo.

En una marcha por la Sierra de Tramontana llegué a la Cova de sa Ermità Guiem o Font de sa Cova, en las alturas de Valldemossa. Para el que no haya estado allí, os diré que se trata de una cueva de ermitaños llena de enseres, como si aún estuviera siendo utilizada.

TRAMONTANA PURA

Madonna

Decidí escribir una entrada en mi blog y al documentarme, descubrí que sus orígenes como eremitorio se remontaban nada menos que al S. XIII y que fue Ramón Llull su impulsor. En un blog inglés encontré una foto del supuesto ermitaño actual —más bien parecía un hippie reconvertido—, pero al profundizar algo más, mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí que en la actualidad aún existen al menos seis ermitaños —de los de verdad— en la Ermita de la Santísima Trinidad de Valldemossa.

GREG

Independientemente de la religiosidad de cada uno, no deja de ser sorprendente encontrar a día de hoy personas que, al igual que en la Edad Media, han decidido apartarse del mundo y vivir su espiritualidad según la vieja Regla de San Benito “ora et labora”. Para que los conozcáis, os dejo su imagen, publicada hace algunos años en un diario de tirada nacional.

ERMITAÑOS

Algo parecido me sucedió cuando un luminoso día de invierno conocí el Cabo y la Playa de Formentor, sobrecogiéndome su naturaleza espectacular y la paz que transmitía el lugar —era casi el único visitante—. No me sorprendió encontrar un solitario hotel en tan privilegiada ubicación, mejor dicho, lo que me llamó la atención es que solo fuera uno y, aunque estaba cerrado, decidí investigar sus orígenes.

HOTEL FORMENTOR PANORÁMICA 1

Si hoy día el Cabo de Formentor se conserva en en el impoluto estado en el que lo encontramos, es en gran parte debido a la pasión del poeta argentino Adán Diehl que, en plena Gran Depresión de 1.929, concibió y promovió este hotel para la élite cultural europea, invitando a su costa a aquellos artistas que no podían permitirse una estancia allí. La historia tras el hotel Formentor es bellísima y fue magníficamente relatada en el documental que dirigió Cesc Mulet, emitido por la 2 de TVE.

Sóller es otro rincón de Mallorca que llama la atención por su vitalidad, hecho que cualquiera que pasee por sus calles comprueba de inmediato. En la calle de La Luna —bonito nombre— existe un edificio modernista, perfectamente conservado, con una espectacular escalera en espiral, formando un conjunto de gran valor histórico y arquitectónico, se llama Can Prunera y hoy es el Museo Modernista de la ciudad.

ESCALERA ESPIRAL 2 CAN PRUNERA

Al buscar antecedentes para escribir una entrada sobre dicha institución, conocí la historia de la lucha de los sollerics contra el aislamiento que les imponían las malas comunicaciones a través de la agreste Sierra de Tramontana y comprobé que de ahí les venía su carácter emprendedor, aquel que les llevó a recorrer el mundo —con notable éxito— en busca de los medios con los que sacar adelante a sus familias; además, muchos de los que volvieron, ayudaron a embellecer su pueblo con parte de sus fortunas tan duramente adquiridas.

Pza. Constitución

Del arte modernista pasé al contemporáneo, porque siempre me llamó la atención el gran despliegue de actividad que realiza Es Baluard, me gusta el edificio, ejemplo de perfecto maridaje entre las nobles piedras de una fortificación que estaba en ruinas y un luminoso edificio vanguardista en pleno corazón de Palma.

ES BALUARD Y EL PUERTO

Como en los casos anteriores, al rascar un poco en la historia tras el nuevo museo, hallé en sus antecedentes un hecho olvidado y más que sorprendente , como fue la voladura de un gran tramo de la muralla, realizada con una mina llena de explosivos excavada bajo su cimentación ¡y esto sucedió en 1.963 nada menos! tal como lo contó en su momento el Diario de Mallorca. Las razones tras la salvajada fueron de pura especulación inmobiliaria, menos mal que la Justicia de la época cayó sobre los culpables, que pagaron cara su fechoría.

Es Baluard y Sa Riera

No hay entrada que prepare para este blog que no me haya hecho llegar a conocer hechos sorprendentes sobre la isla y cuanto más escribo, más me atrapa pues, cada rincón, cada piedra, cada calle, cada edificio, cada pueblo, cada nueva persona que conozco, suponen una ocasión más para el asombro.

Y aunque en una de mis antiguas entradas ya apunté un buen número de razones por las que venir a la isla, a ver si ahora hay alguien que se atreva a afirmar que Mallorca solo es sol y playa.

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Créditos: Fotografías del autor, salvo la de los ermitaños de la Tramontana, extraída del blog Hesiquía y la de Greg, el ermitaño hippie, encontrada en el blog de A. Humphries. Si se deseara ampliar el tamaño de las imágenes, pulsad sobre ellas.

“La soledad, que es un infierno para los que intentan salir de ella, es también una felicidad para los ermitaños que se esconden”. Kobo Abe.

Debo confesar que Mallorca no deja de sorprenderme y lo último que podía imaginar es que en mitad de la Sierra de Tramontana existiera un lugar como la Cova de s´Ermità Guiem.

En una reciente salida acompañado por una guía de montaña, nuestros pasos nos condujeron a esta Ermita y debo confesar, que me llamó poderosamente la atención, pues me pareció un lugar extraordinario por su situación y simbolismo, lo que me motivó a tratar de conocer más sobre su origen.

A pesar del nombre escrito en la puerta, su topónimo es Cova de s´Ermità Guiem o Font de sa Cova. Pulsar las imágenes para ampliarlas.

 

La cueva se encuentra en el corazón de la Sierra, al Sureste del Coll de Son Gallard, a unos 729,00 m de altura sobre el nivel del mar, en una plataforma orientada al Mediodía, con relajantes vistas de las laderas del Sur de la isla hasta el mar, en un ambiente que predispone a la contemplación de la Naturaleza y a la meditación.

Se trata de una pequeña cavidad natural de origen kárstico, dentro de un recinto cercado por una valla de piedra en seco. La gruta posee una antecámara de entrada, una cámara principal que hace de zona de estar y cocina y una tercera cámara trasera donde se almacenan aperos. En el techo se hallan dispuestos una serie de canalones de PVC cuya función es recoger el agua que se filtra a través de la roca caliza y llevarla a un pequeño algibe que hay en un lateral.

En el interior de la cueva coexisten, en curioso sincretismo, una serie de figuras religiosas, como crucifijos y estampas de Jesús, de la Virgen María y de los Santos, estatuillas de Buda, figuras del dios Shiva y otros símbolos de cuatro religiones diferentes. También hay un Nacimiento y diversos libros de poesía, de mística y de materias relacionadas con la espiritualidad.

Curioso sincretismo religioso (conciliación de varias doctrinas). Pulsar las imágenes para ampliarlas.

 

Dentro del espacio principal, sobre una superficie más o menos plana, hay una colchoneta tendida y en sus proximidades, diverso menaje de cocina, más libros y hasta una radio-despertardor, como si el habitante de la cueva se hallara temporalmente ausente.

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Cámara principal dormitorio-cocina.

 

A pesar de que nada más entrar se ve un plato con monedas y de que el acceso es libre —su puerta de madera está siempre abierta—, la cueva no ha sido vandalizada. Por triste que parezca, este detalle me sorprendió, pero a la vez me alegró saber que hay un lugar no vigilado que es respetado por sus visitantes, que suelen ser caminantes que recorren la Ruta de s´Arxiduc.

Según me relataron, la cueva estuvo habitada hasta época reciente, por un eremita de avanzada edad que un día desapareció, sin que nadie supiera qué fue de él, lo cual añade un misterioso halo a este antiguo lugar de retiro, tan cargado de energía espiritual. Investigando un poco más, he encontrado este post en el blog de Alan Humphries, fechado en Mayo de 2.013, donde aparece una imagen del moderno ermitaño, un tal Greg, de luengas barbas y cabello blanco, con aspecto de extranjero entre jovial y hippie, de unos 60 años de edad, del que nada más se cuenta.

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Greg, el moderno ermitaño.

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La Cueva del ermitaño Guillem, conocida también como Font de Sa Cova o Ermita de Son Moragues —según el topónimo que figura en la obra Die Balearen, publicada en 1.880 por el Archiduque Luís Salvador de Austria, es un verdadero Eremitorio. Allí vivió retirado del mundo el asceta Guillem de Sant Pau, hasta su fallecimiento en 1.635. Al considerarlo sus coetáneos un hombre santo, se conservó su cráneo como reliquia, hoy custodiada en la Ermita de la Trinidad de Valldemossa. También habitó en la cueva otro anacoreta menos conocido, Antonio de Sant Pau Ferrer +1.693, natural de Alaró y autor de la obra Mallorca Eremética donde asegura que en su soledad, fue perseguido por los demonios y, en diversas ocasiones, incluso azotado por ellos . . .

En otros tiempos, las reliquias de los Santos eran muy valiosas, llegando a existir en la Alta Edad Media un auténtico tráfico de reliquias. A estos restos conservados se les atribuía un enorme potencial benéfico, hasta el punto de que eran llevados por los religiosos que los custodiaban a las casas de los enfermos, con el fin de auxiliarles en su sanación o, en el caso de aquellos que se encontraban en las últimas, para ayudarles a bien morir y así asegurar su tránsito hacia el Paraíso. Se puede afirmar que las reliquias ejercían en los fieles una poderosa acción psicosomática y que, incluso hoy día, ese sentimiento perdura entre determinadas personas.

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Relicario medieval.

 

Los anacoretas, surgieron en Egipto y en otros lugares alrededor del Mediterráneo a partir del S.III; se trataba casi siempre de hombres, aunque también se dieron casos aislados de mujeres ermitañas, que decidían abandonar el mundo terrenal para buscar a Dios en la oración, la meditación, la soledad, la penitencia y la pobreza. Más adelante, la vida eremítica evolucionó en el monacato, y los ascetas se integraron en cenobios, aunque quien lo deseaba podía retirarse para vivir en soledad o en pequeñas comunidades creadas en ermitas cercanas a los grandes monasterios, cuya vida, solía regirse por la estricta Regla de San Benito, con su conocido lema ora et labora —reza y trabaja—.

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Pablo el Ermitaño o Pablo el egipcio, venerado por la Iglesia Católica y la Iglesia Copta como el primer Santo en llevar una vida eremítica.

 

Hasta el año 2.010 hubo en Mallorca dos eremitorios: el de la Ermita de Betlem en Artá y el de la Ermita de la Santísima Trinidad de Valldemossa. Por chocante que nos resulte, hoy día aún quedan seis monjes ermitaños en la segunda, pertenecientes a la Congregación de Ermitaños de San Pablo y San Antonio.

Los eremitas en Mallorca surgieron allá por el S.XIII, siendo uno de los más ilustres, el propio Ramón Llull, que se retiró por un tiempo a orar en la Montaña de Cura (Miramar, Valldemossa) y también, la Valldemossina Hermana Santa Catalina Thomàs la Beateta, muy venerada en el pueblo serrano y autora de la obra mística Cartas Espirituales. El cuerpo de la Beateta reposa en una urna de vidrio en la Iglesia de Santa María Magdalena de Palma y, el de Ramón Llull, en la Iglesia de San Francisco, también de Palma. Ellos fueron pioneros de otros muchos que de forma anómina les sucedieron, viviendo durante años apartados del común y dedicados a la oración.

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Ramón Llull predicando.

 

Hace largo tiempo que ninguna persona con vocación de anacoreta llama a la puerta de la Ermita de Santísima Trinidad de Valldemossa, por lo que dicha Comunidad se extinguirá en un futuro no muy lejano y con ella, esta centenaria tradición mallorquina y la figura discreta de los ermitaños de la Sierra de Tramontana, cuyo modo de vida es para muchos imposible de entender en estos tiempos.

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Puedes llegar a la Cova de s´Ermità Guiem a pie, saliendo desde Valldemossa, tras una hora de marcha ascendente, siguiendo la ruta que recomienda Wikilocs, que además te llevará por otros bellos rincones de la Sierra de Tramontana con fantásticas vistas al mar, a través de la divisoria Noroeste-Sureste de la isla.

Si eres de los que se maneja bien con plano y altímetro, la Cueva aparece en el plano topográfico E-1:25.000, Mallorca Tramuntana Central, de la Editorial Alpina. Y si lo tuyo es el GPS, sus coordenadas polares son 39,725599 N 2,623935 E y las U.T.M. 31 S 467771 4397370. Hay otras aplicaciones para smartphones, como Endomondo, donde también puedes encontrar ayudas GPS para seguir ésta y otras sendas de la Sierra.


Créditos:
Fotografías del autor, salvo las de S. Pablo Ermitaño, Ramón Llull y el relicario, que son de Wikimedia Commons y la de Greg, el moderno ermitaño, extraída del blog de A. Humphries.

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