“Muchas cosas atraen mi mirada, pero pocas mi corazón”. Tim Redmon.

¡Hola! pasa y tómate un café. Acababa de llegar y me sorprendió la amable propuesta, casi ni me había dado tiempo a saludar. Tras una larga jornada por la Sierra de Tramontana, recorriendo las crestas que dominan Valldemossa, llegaba con ganas de soltar la mochila y darme una buena ducha, pero el café me revivió, como también lo hizo la conversación que mantuve con Michael y María, propietarios de Agroturismo Son Viscós. Parecía que estuvieran recibiendo a un pariente lejano y querido al que hace tiempo que no ven, en lugar de a un huésped más.

S TRAMONTANA

Encontré este alojamiento por pura casualidad, mientras surfeaba la web. Cuando viajo busco opciones a escala humana, aquellas que ofrecen más encanto que el que pueden dar los hoteles convencionales. Y en Mallorca fuera de temporada, no es difícil hallarlas a precios razonables.

Del exterior de Son Viscós llamó mi atención la ventana geminada, con su esbelto parteluz sobre la puerta de acceso, indicio de que el edificio podría ser muy antiguo, del siglo XIII o XIV. El resto de la fachada en piedra de marés, la convertía en una más de las que se ven en las zonas rurales de la isla y su situación, junto a la antigua carretera a Valldemossa, no la hacía destacar en exceso.

VENTANA GEMINADA Y ENREDADERA

Sin embargo, al traspasar el zaguán di con un interior cálido, decorado de forma acogedora con una mezcla ecléctica de muebles antiguos y piezas rústicas mallorquinas —¡Vaya! pensé, la belleza real está en el interior, como en las casas árabes— Michael me confirmó la antigüedad del inmueble, que fue Casa de Postas desde el año mil trescientos y pico, cuando la Cartuja Real de Valldemossa era residencia de Sancho-I El Pacífico, Rey de Mallorca y de ahí, su ubicación junto al hoy poco transitado camino.

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Mi habitación estaba en la planta baja, en lo que antaño fueron los establos. Suelo, techos y paredes pintados en blanco, con una enorme piedra incrustada en la pared, que le daba un toque original. Ya sabes, si no puedes demolerla, déjala y consigue de paso un efecto sorprendente. Con una noche negrísima de Luna Nueva y sin más ruido que un lejano rumor de agua, dormí como un bebé.

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Por la mañana conocí a Isabel, que me tenía preparado un delicioso desayuno en la terraza. No llevábamos hablando más de dos minutos y parecía que nos conociéramos de toda la vida ¡qué mujer encantadora! Se unió Michael a la tertulia y al preguntarle de nuevo sobre la casa, me contó que la estaban rehabilitando poco a poco, con esfuerzo, pero sin prisas, querían hacerlo bien.

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Como quien no quiere la cosa, Michael me preguntó si conocía los jardines y señalaba hacia lo que parecían ser unas huertas al otro lado de la carretera. Me dijo que dentro estaban las ruinas de dos molinos árabes, un bosquecillo de bambú, algún salto de agua y yo confieso que miraba escéptico hacia donde indicaba, pues creía que fantaseaba un tanto. Pero Isabel me dijo —vamos, que te acompaño un poco— y traspasamos la cancela hacia una zona abancalada de antiguos cultivos comunicados por trochas. Aquello era salvaje, un jardín natural que se extendía a ambos lados de la finca partida en dos por una torrentera con gran cantidad de agua —la que en tiempos movió los molinos— agua que descendía con fuerza desde la vecina Sierra de Tramontana, todo un lujo en Mallorca.

Isabel regresó a sus ocupaciones y me quedé solo visitando los molinos árabes, uno de cereal, el otro de papel; bajé al inusual bosquecillo de bambú y pasé al otro lado del barranco, donde encontré más vegetación en forma de bosque de pinos, saladinas, acebuches y sabinas, con un sotobosque lujuriante lleno de flores raras que no conocía. Las estribaciones de la Sierra de Tramontana ponían fondo al espectacular decorado.

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Tras deambular sin prisa por los rincones de aquel vergel escondido, me senté un rato a meditar. Caí en la cuenta de que existe gente que sueña y se queda quieta, y gente que sueña y trabaja cada día para hacer realidad lo que sueña. Pensaba también sobre cuál es el factor que marca la diferencia entre una estancia placentera y otra inolvidable. ¿El lugar?, puede; ¿la decoración?, quizá; ¿las personas?, sin duda y me vinieron a la cabeza palabras como amor, cariño, dedicación, ilusión, optimismo, sencillez, atención . . . en definitiva, aquellas que siempre han regido las antiguas leyes de la hospitalidad, aquellas que forman la vía que va directa al corazón.

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Nota del autor: Esta entrada la he escrito motu proprio, de acuerdo con el Código de Confianza C0C, nadie me la pidió y si lo he hecho así, ha sido en justo agradecimiento a la estupenda experiencia que viví en Son Viscós. Son las personas como Isabel, María y Michael, las que hacen que el mundo sea un poquito mejor cada día y fue un verdadero placer compartir su compañía y sus conversaciones.

C0C Básico

Actualización de Abril de 2015: El prestigioso periódico New York Times, recomienda a Son Viscós como alojamiento al final de este artículo sobre la pujante cocina mallorquina.

(Fotografías del autor excepto las denominadas Terraza, Puente, Estudio, Piedra, Romero, Jardín-1 y Jardín-2, cedidas por Agroturismo Son Viscós).

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