Navega velero mío sin temor, que ni enemigo navío, ni tormenta, ni bonanza tu rumbo a torcer alcanza, ni a sujetar tu valor“. José de Espronceda, Canción del Pirata.

Toda la jornada había sido muy fresca, con el cielo gris plomizo encapotado de nubes bajas y chubascos frecuentes que iban y venían. Eolo contribuía impulsando fuertes rachas de tramontana.

Primavera, uno de esos pocos días que salen desagradables, en los que lo único que apetece es quedarse a cubierto y esperar a que escampe, o a que la siguiente jornada sea más tranquila. Mas sin saber muy bien por qué, me encaminé hacia el Suroeste de la isla bajo fuertes rociones de lluvia.

Llegando a Port Adriano una leve claridad comenzó a dibujarse en el horizonte, al poco, cesó el aguacero y el cielo se abrió. Bajo una atmósfera asombrosamente clara y transparente, Mallorca —una vez más— nos regaló una bellísima puesta de sol a aquellos afortunados testigos que estábamos allí y pudimos admirarla.

Con vosotros la comparto.

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