Un gran gorg de verdor i de silenci; dins una enclotada solitud ascètica”, Llorenç Riber (1882-1958), poeta natural de Campanet al Santuario de Lluc.

Terminaba mi anterior entrada sobre el Santuario de LLuc contemplando un placentero atardecer encaramado en el Pujol des Misteris, viendo como la cálida luz del sol se perdía por el collado que da al Valle de Albarca, mientras el cielo se teñía de naranjas y púrpuras. Tras una tranquila noche en la Hospedería de Peregrinos, deseaba cumplir otro de los objetivos de mi ascenso a Lluc: escuchar el canto de la Escolanía de los Blavets o al-lots-blaus, así llamados por el color de sus túnicas.

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La Escolanía de Blaulets canta frente al Altar Mayor de la Basílica

Los Blavets cantaban a las 13:00, así que disponía de varias horas para conocer mejor el Monasterio y los muchos esfuerzos que generaciones de mallorquines dejaron en su construcción y embellecimiento.

La historia del Santuario puede trazarse hasta mediados del siglo XIII, con el hallazgo de una imagen de la Virgen por un pastor, que dio pié a la elevación de una sencilla capilla que pronto recibió una gran afluencia de peregrinos. Para la acogida de los viajeros se construyó la antigua hospedería a mediados del siglo XIV, conocida como los Porxets por sus soportales, alojamientos que aún hoy día permanecen bien conservados y en uso. Se trata de una de las escasas construcciones de Mallorca que es fiel representante de la Arquitectura Popular del final de la Edad Media, con estructuras de madera sobre muros de cal y canto en las que, como curiosidad, todavía se mantienen los establos y pesebres donde se guardaban las bestias que acompañaban a los peregrinos en su ruta, situados junto a las celdas que éstos ocupaban.

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Galería de acceso a los Porxets

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Vista general de los Porxets, las celdas de peregrinos se encontraban en su nivel superior y, en el inferior, se estabulaban las bestias de carga que los acompañaban

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Planta baja de la antigua hospedería con los pesebres en primer término

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La iluminación nocturna aporta a los Porxets cierto embrujo y pareciere que en cualquier momento fuera a asomar un peregrino embozado

La sencilla distribución de celdas de la Hospedería actual, alrededor de la plaza de acceso a la Basílica, recuerda mucho a la original, salvando las distancias.

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Vista interior del pasillo que conduce a las celdas de la nueva hospedería

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La constante ida y venida de peregrinos hace preciso este recordatorio

Los siglos XVI y XVII fueron los de consolidación del Santuario. En 1531 se fundó la Escolanía de Blavets, en 1684 se consagró su Altar Mayor, de estilo Renacentista, esculpido por el Maestro Jaume Blanquer —autor también del retablo del Corpus Christi de la Seo de Palma— y de parte de la decoración interior de la Iglesia. En 1707 fue declarada Capilla Real por el Tercer Carlos, nuestro ilustrado Rey Borbón. Más tarde, ya a inicios del siglo XX, se terminó de embellecer el Templo por empeño personal del Obispo Campins, que se trajo a Lluc al gran Antonio Gaudí, el famoso Arquitecto Modernista, que lo visitó en 1908 y 1913, aprovechando sus viajes a la Isla, en cumplimiento del encargo que se le había hecho para rehabilitar la Seo de Palma. Pero fueron los escultores Gabriel Moragues y Rafael Vidal quienes completaron los trabajos inspirados por Gaudí. Para terminar, en 1962 su Santidad el Papa Juan XXIII emitió el Breve Apostólico por el que le concedía el carácter de Basílica Menor.

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Placa de mármol que recuerda el paso de S.M. El Rey Don Alfonso-XIII por el Santuario

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Vista nocturna de la Plaza del Obispo Campins gran impulsor del Santuario a comienzos del siglo XX, con su estatua mostrando su actitud de sumisión ante la Virgen

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Coronación de la entrada a la Basílica

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Óculo con vidriera emplomada y hornacina con una imagen de Nª Señora sobre la puerta principal de entrada a la Basílica

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Interior de la nave principal de la Basílica vista desde el crucero, en el que se aprecia el cimborrio sobre la bóveda, la decoración de su intradós con pinturas ovaladas en las que se representa a los Doce Evangelistas y el retablo renacentista del Altar Mayor

Llegó la hora del concierto de los Blavets y tanto si se es devoto como si no, cualquier persona capaz de apreciar la belleza, no puede menos que cerrar los ojos y rendirse ante las voces angelicales de los niños que componen la Escolanía, cuando entonan la Salve y otras composiciones de carácter religioso, cuyo único fin es conseguir la elevación espiritual.

En un momento dado de su representación, los Blavets abandonan el frente del Altar Mayor y se distribuyen en forma de medialuna por las naves laterales de la Basílica, de tal modo, que su siguiente canto lo hacen a menos de un metro de distancia de los presentes, lo que nos lleva a admirar aún más los finos matices de sus bien moduladas voces, convirtiendo el Acto en una experiencia inolvidable y reconfortante, que sin duda recomiendo a todos.

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(Fin de la segunda parte).

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